Enseñar a compartir es necesario

El proceso de socialización se inicia en el momento del nacimiento y, en el ámbito social, como otras características del bebé, destaca por el carácter rudimentario de las destrezas. Esto da relevancia a la importancia del trabajo en el ámbito escolar en edades tempranas, con el fin de conducir a nuestros alumnos a vivir sus primeras relaciones en ambientes  que promuevan valores que contribuyan a la interacción positiva entre ellos.

Las reacciones emocionales de nuestros alumnos no surgen únicamente de un programa biológico, sino que están íntimamente ligadas al entorno social que envuelve al niño.

Los dos años es una edad clave cuando hablamos de “interacción social”. Hasta que el niño no cumple esta edad, las relaciones están enmarcadas en la verticalidad de las mismas, es decir, se caracterizan por la relevancia del papel del adulto en ellas. Sin embargo, a los dos años surge la curiosidad, descubrimiento e intencionalidad de la relación con otros iguales.

Como decíamos al inicio de este post, estas relaciones son rudimentarias y tienden a ser disruptivas en muchas ocasiones.

Para comprender esta afirmación enmarquemos las características del desarrollo social del niño a los dos años:

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En este marco queremos contarles cómo abordamos pedagógicamente el caso de un niño de dos años con un gran sentido de la propiedad y poco flexible en este aspecto.

1º estudio de las fortalezas del alumno

  • Gran habilidad lingüística: capaz de construir frases complejas, comprendiendo e interiorizando mensajes de los adultos y siendo capaz de expresarse con otros iguales de forma efectiva a través del lenguaje oral.

2º interpretación de la situación

  • pensamos que le costaba tanto compartir porque tenía una proyección clara de lo que quería conseguir: por ejemplo, si estaba construyendo con legos, era capaz de tener una imagen mental del producto final de la torre que quería construir.

3º definimos el problema

  • No permite que otros niños participen de su juego.
  • Se apropia de todo el material al comenzar a jugar y trata de custodiarlo, por lo que no juega.
  • Responde llorando y persiguiendo a los compañeros cuando se acercan a coger uno de sus juguetes.

4º establecemos objetivos

  • Compartir el material.
  • Utilizar el lenguaje verbal para resolver problemas, abandonando las conductas de llanto y persecución.
  • Relacionarse con otros compañeros en los momentos de juego.

5º desarrollo del proceso

Definimos hipótesis y variables que condujeran la intervención pedagógica sobre una conducta poco adecuada, en favor de la creación de relaciones de interacción positiva entre iguales.

Recurrimos al modelaje, con el que el niño podía observar la conducta a alcanzar en modelos como sus profesoras y otros niños.

Los juegos de roles le permitían practicar en situaciones ficticias la conducta adecuada.

La retroalimentación la hicimos a partir del refuerzo social. No quisimos utilizar el contrato de puntos por la alta dependencia que en ocasiones anteriores había causado en él.

Para alcanzar la trasferencia y normalización de la conducta, planificamos una secuencia que comenzaba en el trabajo dentro del aula. Después se fue ampliando al juego en el patio y por último fuera del centro (con la familia).

La familia jugó un papel fundamental durante el proceso. Desde la primera tutoría que dio lugar al comienzo del plan, su implicación fue parte del éxito final del niño.

También los compañeros jugaron un papel relevante. Creamos una dinámica en el aula “El círculo de los amigos”, una actividad de base cooperativa, que funcionó durante todas las semanas de intervención. En este “círculo” hablábamos de cosas concretas que nos gustaban o que no nos gustaban y aprendíamos a reaccionar ante ellas. Por ejemplo…los compañeros aprendieron frases para responder al alumno en cuestión “…no pasa nada, vamos a compartir, uno para tí y uno para mí”

6º el resultado

Tras tres semanas en las que desarrollamos, educadoras y familia, de forma coherente y sistemática el plan, el alumno redujo al 80% las conductas disruptivas y aprendió a utilizar “las palabras” como medio para expresarse.

Compartir sigue siendo algo difícil (pero no sólo para él, el egocentrismo propio de la edad lo generaliza a los niños de estas edades), pero las conductas disruptivas como el llanto recurrente y las persecuciones se modificaron, apareciendo la “explicación” como medio de resolución a los conflictos.

¡¡¡¡Fue un gran trabajo!!!!

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