El vínculo entre “habilidades sociales y estimulación temprana”

 

Profundicemos un poco más en el “surgir” de la horizontalidad en las relaciones sociales. Es importante conocer el contexto en el que nace para poder ofrecer a nuestros alumnos un contexto digno del periodo sensitivo en el que se encuentran.

Para dar carácter científico a esta entrada, nos hemos apoyado en los estudios de varios autores.

Según Monjas Casares (citado en Betina, A., Contini, N., 2009) una de las funciones esenciales del niño al nacer es aprender a interactuar con otros niños y adultos, creando vínculos afectivos y comportamientos sociales que le permitan adherirse a su entorno. Esta inclinación a crear relaciones se concreta en la capacidad para desarrollar habilidades sociales. Hablar en términos de “capacidad y habilidad”, nos lleva a definir las habilidades sociales como un conjunto de conductas que son aprendidas y que incluyen aspectos conductuales, cognitivos y afectivos.

El desarrollo de habilidades sociales, responde a un proceso de socialización que se inicia en el momento del nacimiento. Durante los primeros meses las relaciones sociales son verticales y cubren la demanda de aspectos fisiológicos y afectivos primarios. La familia y los cuidadores más cercanos cubren el mundo social que el niño necesita. El desarrollo del lenguaje verbal y el descubrimiento del “otro”, entre otros factores, amplía la capacidad de socialización del niño, apareciendo, a partir de los dos años, las relaciones horizontales entre pares que poco a poco maduran generando habilidades sociales que permiten un desarrollo personal y social óptimo.

El ámbito social que caracteriza la etapa infantil está constituido principalmente por la familia como referente básico. Con la incorporación del niño a la escuela infantil, el círculo social se amplía y comienza a darse un aprendizaje creciente de los aspectos sociales, entre otros, que conducen al alumno a conocerse como individuo y como ser social que forma parte de una comunidad. La interacción con otros iguales adquiere gran importancia desde el punto de vista afectivo y emocional (Linguido y Zorraindo, 1981).

Durante los primeros años, el Apego o vínculo afectivo posee una función adaptativa fundamental, que con el tiempo pasa a convertirse en agente socializador en el ámbito familiar y escolar. En la primera infancia los referentes sociales de los niños son los adultos que les brindan cuidados, protección y seguridad emocional. Hablamos de relaciones verticales que se caracterizan por el protagonismo de los padres y del docente en la escuela. A partir de los dos años, comienzan las relaciones horizontales que se basan en la igualdad, reciprocidad y cooperación con otros compañeros.

La estimulación temprana de la competencia social y emocional incide directamente en la capacidad de aprendizaje en la escuela (Eming, M. y Fujimoto, G., 2004). La educación temprana en valores, hábitos e interacción, proporciona al niño los instrumentos necesarios para vivir en sociedad y desarrollar la inteligencia interpersonal.

Ludington-Hoe y Golant, S. (1995) definen la estimulación temprana como un método que permite aprovechar al máximo las relaciones padres/educadores-hijos. Ellas crean un programa con el objetivo de generar un desarrollo global del niño: físico, mental, emocional y social. La estimulación del área social se dirige al desarrollo de la autonomía e iniciativa durante la adquisición de hábitos de independencia personal y conductas sociales. (Cabrera, M. y Sánchez, C. 1982)

La estimulación de la inteligencia social ha de partir del educador, generando un entorno acogedor, rico en experiencias sensoriales en los que la interacción se sitúa como elemento indispensable a la hora de generar ambientes de aprendizajes (Garrido, C., Guevara, K. y Ortega, A., 2008)

Bibliografía:
Betina, A., Contini, N. (2009). Las habilidades sociales en niños preescolares en contextos de pobreza. Ciencias Psicológicas, 3 (1). Montevideo. Recuperado de http://www.scielo.edu.uy/scielo.php?pid=S1688- 42212009000100006&script=sci_arttext&tlng=en#Monjas2002
Garrido, C., Guevara, K. y Ortega A. (2008). Programa de estipulación sensorial basado en una construcción de ambiente de aprendizaje para niños y niñas entre tres meses y dos años de edad en la sala cuna “Mis primeros pasitos” de la comuna de Macul. Santiago. Seminario de la Unversidad de Chile, facultad de ciencias sociales. Departamento de educación.
Linguido, M. y Zorraindo, M. (1981). Proceso de socialización e la etapa preescolar. Revista de Psicología, 8, 26-31.
Ludington-Hoe, S. y Golant, S. (1995). Cómo despertar la Inteligencia de su bebé. Medici. Barcelona.
Ming, M. y Fujimoto, G. (2004). Desarrollo infantil temprano: lecciones de los programas no formales. Acción pedagógica,13 (2), pp. 186-198. Recuperado de http://www.saber.ula.ve/bitstream/123456789/17211/2/articulo7.pdf
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